Iniciamos hoy una nueva serie de entradas en las que en vez de explicar nosotros los acontecimientos, vamos a ceder la palabra al protagonistas. Los textos que expondremos en esta serie vienen de las memorias de John Singleton Mosby, el «Fantasma Gris» de la confederación, cuya guerrilla, muy cercana a Washington, daría gravísimos quebraderos de cabeza al ejército de la unión.

John Singleton Mosby, el «Fantasma Gris» de la confederación.

El ataque a Fairfax fue su hazaña más famosa. Veamos porqué:

                Al final de la jornada del 8 de marzo de 1863, obedeciendo las órdenes recibidas, veintinueve hombres se encontraron conmigo en Dover, en el condado de Loudon. Ninguno conocía el lugar que era mi objetivo, pero nada más partir, se lo dije a Ames. Recuerdo que aquel día cené con el Coronel Chancellor, que vivía cerca de Dover. Justo cuando estaba a punto de montar en mi caballo, mientras procedía a marcharme, le dije: “esta noche alcanzaré las estrellas o me hundiré más que nunca”. No me alcé tan alto como las estrellas, pero tampoco me hundí. Entonces no tenía una reputación que perder, aunque fracasara, y recordé el lema “Aventuras para los aventureros”.

                Las condiciones climáticas favorecieron mi éxito. Había nieve derritiéndose en el suelo, niebla y, al oscurecer, lloviznaba. Nuestro punto de partida estaba a unas veinticinco millas de Fairfax Court House. Era noche oscura cuando llegamos hasta los piquetes de caballería, cerca de Chantilly –a cinco o seis millas de nuestro destino-. En Centreville, a tres millas más allá por la carretera de Warrenton, y a siete millas de Fairfax, había varios miles de soldados. Nuestro problema era pasar entre ellos y la caballería de Wyndham sin dar la alarma.

                Ames sabía dónde había un hueco en la línea de piquetes que se extendía de entre Chantilly y Centreville, y nos guio a través de ella sin que un solo vigilante nos apercibiera. Una vez pasados estos destacamentos, se había conseguido lo más importante. Creo que con la excepción de Ames, ningún otro, aparte de mí, sabía que estábamos dentro de las líneas enemigas. Era peligroso, pero el enemigo se sentía seguro y sabía tan poco de nuestra presencia como mis propios hombres.

Sir Percy Wyndham, de origen inglés, fue uno de los generales más peculiares del ejército de la unión.

               El plan había sido alcanzar Fairfax a media noche, para salir de las líneas enemigas antes del amanecer, pero la columna se dividió a causa de la oscuridad, y las dos partes tuvieron que desplazarse en círculos durante una hora, buscándose. Una que vez que nos hubimos encontrado, partimos de nuevo, y alcanzamos la carretera entre Centreville y nuestro destino; pero nos metimos de nuevo en los bosques cuando llegamos a dos o tres millas del pueblo, porque los campamentos de la caballería de Wyndham estaban junto a la carretera.

                Entramos en el pueblo desde la dirección en la que se encontraba la estación de ferrocarril. Había unos pocos centinelas junto a la localidad, pero estaba tan oscuro que no podían distinguirnos de su propia gente.

               Se destacaron grupos que fueran a los alojamientos de los oficiales y a los establos a por los caballos. El patio del Juzgado era el punto de encuentro donde todos tenían que venir a informar después. Como nuestro mayor deseo era capturar a Wynndham [oficial al mando de una brigada cuya misión era, precisamente, atrapar a Mosby], Ames  fue enviado, con un grupo de gente, a la casa donde sabía que se hallaba su alojamiento. Pero en aquella ocasión la suerte estaba a favor de Wyndham, porque aquella noche se había ido a Washington en tren; pero Ames capturó a sus dos oficiales de estado mayor, y se hizo con sus caballos y su uniforme. Uno de los oficiales, el Capitán Barker, había sido el Capitán de Ames [Ames era un desertor del ejército unionista]. Ames me lo trajo, y pareció muy orgulloso de presentármelo como su antiguo oficial al mando.

El Juzgado de Fairfax, que aún se mantiene en pie, fue el lugar en que se reunieron los atacantes.

                 Cuando los grupos estaban dispersándose para hacerse con prisioneros y caballos, Joe Nelson me trajo un soldado que dijo que era uno de los guardias del Cuartel General del General Stoughton. Joe también había sacado de su tienda de campaña al operador del telégrafo; los hilos habían sido cortados. Con cinco o seis hombres cabalgué hasta la casa, actualmente una rectoría episcopaliana, donde estaba el general. Desmontamos y llamamos con fuerza a la puerta. Pronto se abrió una de las ventanas superiores, y alguien preguntó quién estaba ahí. Contesté “quinto de caballería de Nueva York, con un despacho para el General Stoughton”. La puerta se abrió y un oficial de estado mayor, el Teniente Prentiss, se personó ante mí. Lo cogí por su camisón, le susurré mi nombre al oído y le dije que me llevara hasta la habitación del General Stoughton. Era inútil resistirse, y me obedeció. 

  1. Abel Ramos says:

    Un artículo dedicado a las magníficas acciones de Mosby en el Norte y no habláis del «Raid de Grierson» en el Sur durante la campaña de Vicksburg…? 😉 Un saludo, Javier!!!

    • Javier Veramendi B says:

      Un saludo Abel.

      El «Raid de Grierson» es sin duda otros de esas acciones interesantes de la guerra, y que duda cabe que algún día tendremos que echarle un repaso. Incluso podrías animarte…

      Por lo demás, la cuestión de los raids y su verdadera utilidad sigue siendo controvertida, con autores, como Archer Jones, creo recordar, que niegan que los raids en territorio contrario (matiz importante) tuvieran verdadera incidencia durante la guerra.

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