El capitán Abner Doubleday era uno de esos oficiales con suerte. Nacido en una familia de muy escasos recursos, había conseguido prepararse para ir a la escuela superior, y luego a la Academia Militar de los Estados Unidos en West Point. Aun así, su futuro no parecía demasiado prometedor. Había servido en diversas guarniciones costeras antes de ir a la guerra contra México primero y contra los Semínolas después, y luego, otra vez a la aburrida vida de guarnición. Hasta que el destino lo puso en el fuerte Moultrie, como segundo al mando del comandante Anderson.

                                       Clavando los cañones. La técnica consistía en encajar un clavo en el oído para inutilizar la pieza.                                                                                    El resultado era solo temporal, pero muy a menudo era lo único que se podía hacer. 

Aquella tarde del 26 de diciembre, Anderson acababa, precisamente de convocarlo.

  • Capitán –dijo el comandante– dentro de veinte minutos abandonará usted este fuerte, con su compañía, e irá a fuerte Sumter.

Según sus propias memorias, Doubleday, quien, por cierto, acabaría comandando todo un cuerpo de ejército en Gettysburg “pensé en las hostilidades, inmediatas, que este movimiento iba a provocar”.

Mientras anochecía, todos se prepararon. Doubleday embarcó a sus hombres en una flotilla de tres barcazas, dejando atrás una pequeña retaguardia que se encargó de clavar los cañones, quemó los armones y, justo antes de ir al muelle, cortó la cuerda de la bandera, la recogió y se marchó con ella. Nada más salir la luna, la flotilla se dirigió al centro del estuario, al fuerte que los llevaría a la fama.

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Nada más salir la luna llena…

“¡Quiebra descarada de la buena fe!” rugió a la mañana siguiente el Charleston Mercury. Tras lo cual añadía que los oficiales unionistas habían tenido “la nada envidiable distinción de iniciar la guerra civil”. Como se puede ver, el cambio en el status quo no había gustado nada en la capital de Carolina del Sur, pues en la nueva posición las tropas federales ya no eran un enemigo fácil de aniquilar. Por ello, Francis Wilkinson Pickens, gobernador del Estado independizado, exigió la vuelta inmediata de la tropa de fuerte Moultrie. ¿Tenía algún sentido? Lo cierto es que las patrullas navales que había desplegado la milicia habían fracasado por completo, y la guarnición estaba ahora mucho más segura, por lo que Anderson se negó.

¿Puede una guerra comenzar con una retirada? Sin duda es difícil. Claro que los que se retiraron acababan de instalarse en un fuerte lleno de piezas de artillería que dominaba el estuario, y los accesos navales a la ciudad. Pero independientemente de la respuesta a esta pregunta, lo que sin duda si fue un acto de guerra fue que la milicia ocupara de inmediato todas las demás posiciones federales en torno a la ciudad. Entre ellas, por supuesto, el fuerte Moultrie, pero también el castillo Pinckney, las oficinas del tesoro, correos y la aduana. Una acción que, tal vez, tuviera mucho más que ver con un acto de guerra.

El 27 de diciembre, por la mañana, los comisionados de Carolina del Sur que habían viajado a Washington para negociar el traspaso de las instalaciones federales al nuevo Estado independiente, se reunieron con John B. Floyd, el secretario de Guerra, y le soltaron la bomba. “Es imposible”, contestó este completamente sorprendido. “No solo habría actuado sin órdenes, sino contra las órdenes”. De inmediato cablegrafió a Anderson para que diera explicaciones.

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Abner Doubleday, capitán en Fuerte Sumter. Tras la batalla de Gettysburg testificó contra Meade en una comisión de investigación; y tras la guerra fue destinado a San Francisco, donde fue uno de los inventores y dueños de la patente de los tranvías que aún recorren la ciudad. 

Curiosamente, la escena en la casa blanca, donde tres eminentes sudistas, liderados por el senador Jefferson Davis, quien no tardaría en ser el presidente de la confederación, era exactamente la misma. Al conocer la noticia, el presidente Buchanan no supo cómo reaccionar. “La promesa implícita ha sido rota –afirmó Jefferson Davis– y ahora, señor presidente, está rodeado de sangre y deshonor por todos los lados”. Para el sudista, solo había una salida para este embrollo, que el presidente saliente ordenara la retirada inmediata de las tropas federales de la ciudad.

El presidente, que había dedicado todos sus esfuerzos a retrasar los acontecimientos para evitar tener que hacer nada se encontró de repente entre la espada y la pared y, con la seguridad de que, hiciera lo que hiciera, medio país entraría en cólera. Antes de tomar una decisión, manifestó su interés en reunirse con sus consejeros.

La reunión del gabinete tuvo lugar un poco más tarde, aquella misma mañana…

  1. Manuel says:

    Artículo muy interesante. Merece la pena dar una revisión a la puntuación, ya que en ocasiones dificulta la comprensión y fluidez en la lectura de algún párrafo, así como alguna errata en el artículo como status quo – que es un grupo de música – en lugar de statu quo, que es la expresión latina correcta.

    Un saludo y gracias por la información.

  2. APV says:

    John B. Floyd era un prosudista que se dedicaba en ese momento a estropear las posibilidades de defensa de los EE.UU. y a favorecer la rebelión. No era raro que se enfadase.

    Anderson era considerado moderado y tranquilo, y Floyd puede que pensara que podría ser prosudista o que no opondría resistencia. A diferencia de su predecesor, el coronel John L. Gardner, que aunque simpatizaba con el Sur estaba en contra de la Secesión, e incluso estaba dispuesto a actuar por las bravas a pesar de tener pocos soldados.

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