Habíamos dejado a John Buchanan, presidente saliente de los Estados Unidos a finales de 1860, bastante decidido a no entregar el fuerte Sumter a la separada Carolina del Sur; y al general Winfield Scott preparando el envío de refuerzos a la exigua y asediada guarnición federal. Solo faltaba la orden definitiva, una orden que Buchanan no se atrevió a dar todavía con la excusa de que había que hacer las cosas bien, con caballerosidad, pues no era correcto enviar tropas al asediado puerto de Charleston antes de que los comisionados secesionistas de Carolina del Sur recibieran la respuesta escrita del presidente y pudieran reaccionar ante la misma.

Resultado de imagen de Charleston 1860

Charleston en 1860. Fuerte Sumter parece estar al fondo, hacia la derecha. 

Así estaban las cosas, el 2 de enero de 1861, cuando volvió a reunirse el gabinete presidencial. En esta ocasión el protagonista fue Jacob Thompson, secretario de Interior, quien se opuso radicalmente a las medidas acordadas en los días anteriores y amenazó con dimitir si el Brooklyn y los refuerzos eran enviados.

Enfrentado a una nueva dilación, nuevos debates, falta de apoyo y dudas, Buchanan optó por otra solución contemporizadora: enviar un mensaje a Anderson, en fuerte Sumter, para preguntarle si necesitaba refuerzos (recuérdese que su guarnición ascendía a 72 hombres, un hecho perfectamente conocido en Washington). “¿Implica, el envío de este mensajero, que no se enviarán tropas adicionales hasta su regreso?” Preguntó el juez Black. “No implica nada”. Le contestó el presidente.

Jacob Thompson, secretario del Interior

La causa parecía perdida hasta que llegó la respuesta de los comisionados de Carolina del Sur. En ella acusaban al presidente de haber faltado a su palabra y afirmaban que el traslado de la guarnición era un acto de guerra; sin embargo, al tratar de forzar la mano de Buchanan consiguieron todo lo contrario. “Todo se acabó –parece que afirmó– y hay que enviar refuerzos”. Pero la decisión presidencial se topó entonces con las dudas del comandante en jefe del Ejército: que si el Brooklyn no sería capaz de cruzar el banco de arena formado por el estuario del río, que si fuerte Monroe era una posición demasiado importante como para retirar la mitad de su guarnición, que si era mejor enviar 200 “reclutas bien instruidos” desde Nueva York, que si para asegurar “el secreto y el éxito” lo mejor era embarcarlos en un mercante de vapor desarmado…

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El vapor Star of the West. ¿Una solución al fin?

¿En qué iban a quedar estos planes tan complejos? En los primeros días de enero Winfield Scott envió a uno de sus ayudantes a Nueva York para que fletara un barco. El coste serían 1250 dólares al día, el navío, el Star of the West. ¿Empezaba la aventura?

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