Ha llegado el momento de que suenen los primeros acordes de una opereta cómica. Ante todo, los personajes. Por un lado están el teniente David Dixon Porter, el capitán Montgomery Meigs y el secretario de Estado Seward. Por otro, tenemos al comandante Andrew Foote, el capitán Samuel Mercer, al mando del Powhatan, y el secretario de Marina Gideon Welles.

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A modo de obertura, vamos a recordar de qué va la cosa. El luciferino Seward quiere quitarle el Powhatan a Welles para enviarlo a fuerte Pickens en vez de que vaya a fuerte Sumter, y para ello convence al presidente a fin de que avale un plan secretísimo que ponga el buque en sus manos, sin avisar a su contrario para que los confederados no se enteren de lo que está pasando. Una vez obtenido el documento, envía a Porter a Nueva York para que se haga con el navío. Este, se presenta ante Foote y le entrega las nuevas órdenes, que incluyen una instrucción vital, no informar a nadie de lo que está pasando.

Acto primero. Washington, 5 de abril por la noche. Se abre el telón.

Andrew Foote es un tanto paranoico, ve rebeldes por todas partes y eso de no informar de las nuevas órdenes recibidas le huele mal, teme que la verdadera intención de Porter sea fugarse al sur con el barco, por lo que manda un telegrama, un tanto críptico, a Gideon Welles: “Ciertos preparativos hechos y los enseres están a bordo de los barcos […] que usted ya sabe […] como las órdenes no vienen directamente de usted, informo […] no hay tiempo que perder, estoy preparando lo necesario e informo de ello”. A saber que iba a hacer Welles con semejante jerigonza.

De hecho, Welles se está retirando a sus habitaciones del hotel Willard, tras un arduo día, sin saber todavía que se la están “liando parda”. Justo entonces, se presenta Seward, quien acaba de recibir un telegrama de Meigs, desde Nueva York, en el que se informa que órdenes contradictorias del secretario de Marina están retrasando la partida del Powhatan (a fuerte Pickens). Seward tiene entonces el descaro de quejarse a Welles porque está interfiriendo en los planes que él mismo ha urdido a sus espaldas, y Welles, que no ha recibido el telegrama de Foote, flipa (dicho llanamente).

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– Esto es porque Porter va a tomar el mando del Powhatan –le informa Seward–.

– ¿Qué mando? Porter no tiene ningún mando –si lo sabrá él, que es el secretario de Marina y el que reparte los mandos–.

– Tiene que haber un error en algún sitio –exclama Seward con cara de enfado– vamos a ver al presidente.

A Abraham Lincoln que aún estaba despierto a media noche, aquello no le hizo ninguna gracia. Aquí tenía a dos de sus ministros peleando por un barco, y se había dejado engañar por uno de ellos. Cuando Gideon Welles le enseñó unas órdenes, muy anteriores a las que había firmado para Seward, en las que el propio Lincoln ordenaba que el Powhatan fuera puesto bajo las órdenes del capitán Mercer para ir a socorrer fuerte Sumter, y se dio cuenta de que era Seward quien había urdido la trampa, tronó contra él y le exigió que deshiciera todo el entuerto. Por mucho que el secretario de Estado trató de demostrar la importancia de fuerte Pickens, Lincoln le contestó, con tino, que la guarnición de aquel lugar ya había sido reforzada y disponía de buques de apoyo, mientras que fuerte Sumter no.

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Al final, mientras el propio presidente se disculpaba ante su secretario de Marina por su despiste, Seward tuvo que redactar un escueto telegrama para enviar a sus secuaces en Nueva York: “Devuelvan el Powhatan al capitán Mercer”.

Fin del acto primero. Se cierra el telón.

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