La campaña de Napoleón en Rusia ha sido posiblemente una de las más comparadas de la historia, precisamente con otra campaña rusa, la de Hitler, cuyo final fue aparentemente similar: derrotados por el invierno ruso, los invasores tuvieron que retroceder primero y que huir finalmente, derrotados por completo, primero por el zar Alejandro I, y luego por Stalin. No son las únicas similitudes. Puede decirse que ambos “emperadores” eran agresores que querían llevar los territorios que dominaban más allá de la megalomanía; que en ambos casos surgió el mito de la Patria Rusa, invadida injustamente y, finalmente, que ambo habían sido aliados antes de la guerra, entre otras muchas posibilidades.

Sin embargo, quedarse en estos tópicos es conocer poco la campaña Napoleónica de 1812. Es cierto que desde la paz de Tilsit, en 1807, el imperio ruso y el francés eran aliados. Tras el fasto de los encuentros, tras los desfiles y los banquetes, quedaba un acuerdo secreto por el que, entre otras cosas, Rusia se comprometía a apoyar el bloqueo continental francés contra el Reino Unido en caso de fracasar una eventual mediación a favor de la paz, que no llego a buen puerto. Sin embargo, los años siguientes dieron paso a la desilusión y a la desconfianza. Francia mantenía el Gran Ducado de Varsovia, que aunque gobernado por el rey de Sajonia, era una daga que amenazaba a Rusia, y el bloqueo estaba resultando mucho más dañino para el bloqueador oriental que para las islas asediadas, y todo ello llevó a un nuevo aumento de la tensión que, finalmente, significaría la guerra.

Una guerra que, en todo caso, no iba a ser una más. Solo hay que pensar en que el zar había empezado a prepararla al menos desde 1810 (la reforma de su ejército había empezado mucho antes) y que puesto manos a la obra, Napoleón iba a reunir un ejército multinacional de más de medio millón de hombres. La Grande Armée de 1812 sería algo nunca visto.

Las tropas francesas cruzan el Niemen, dando inicio a la invasión.

Sin embargo, hacía tiempo que Napoleón había cambiado la habilidad por la masa. Su genialidad operacional, basada en el ataque por un flanco, el rápido desplazamiento de sus cuerpos de ejército y la imposición de la batalla decisiva al enemigo, ya no era posibles con cantidades de tropas tan ingentes, a las que había que suministrar con enormes cantidades de comida y pertrechos pues ya no tenían la capacidad de “vivir sobre el terreno”, como había sucedido durante los primeros años.

La invasión comenzó mal desde el principio, una aparatosa tormenta hizo descender bruscamente la temperatura de aquel verano de 1812, y el calor que siguió aplastó aún más a soldados y caballos, baste decir al respecto, que al llegar a Vitebsk el Grande Armée ya había perdido 140 000 hombres y 10 000 caballos, tropas con las que apenas unos pocos años antes Napoleón habría constituido un ejército, y que ahora perdía solo en desertores, heridos y escaqueados.

Vista de los combates de Smolensko.

Además, el general Barclay de Tolly, también ministro de la guerra de Rusia, se negó, a pesar de las múltiples presiones a las que se vio sometido, a darle a Napoleón la gran batalla que quería. Había un grave conflicto entre los altos jefes rusos, ya que muchos de ellos querían combatir a los franceses lo antes posible, e incluso habían planificado la invasión de los territorios dominados por estos desde antes de la guerra; pero Barclay, al ver el ingente ejército al que se enfrentaba, decidió ceder terreno, primero un poco, y luego algo más, hasta que la batalla que Napoleón buscaba se convirtió en su némesis.

El emperador lo intentó primero en Vítebsk, luego en Smolensko, donde a punto estuvo de conseguirlo los días 16, 17 y 19 de agosto, y finalmente lo consiguió en Borodino, pero para entonces ya era tarde y los franceses estaban más allá de la supervivencia. En realidad no iba a derrotarlos el invierno, sino la profundidad de Rusia, la insuficiencia de sus servicios logísticos y la ambición de su comandante en jefe, que sería puesta de relieve por de Segur.

Escena del asalto a Smolensko, granaderos de ambos ejércitos combatiendo junto a una de las puertas, el 17 de agosto.

Fue una campaña complicada, cuya primera parte se explica en el último número de Desperta Ferro Historia Moderna, recién puesto a la venta, para todos aquellos que quieran saber más sobre los temas que hemos esbozado aquí.

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