Hace unas semanas interrumpía la serie de entradas dedicada al desarrollo del arma de portaaviones entre ambas guerras mundiales para hacer una breve e injusta reseña (no había sido capaz de verla entera) sobre la película Churchill. Debo decir que frente a mi estupor al pensar que las primeras escenas nos mostraban los restos del desembarco de Normandía, un lector me reconvino, en Facebook, para recordarme que se trataba de Gallipoli, el gran fracaso churchiliano, y tenía mucha razón a pesar de que, probablemente, los tiempos “han pasado casi treinta años” que tanto me escandalizaron entonces, sean el único dato claro que permita identificar la escena.

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Pero vamos al grano. En esta ocasión, y una vez terminada la serie aeronaval, he venido a meterme con la segunda película de Churchill que nos regaló 2017: El instante más oscuro. Antes de empezar a adelantar contenidos, cosa que ya voy avisando para quienes no la hayan visto, hacer un breve repaso por algunas características técnicas. Me gustó mucho la ambientación, sobre todo la atmósfera del cuartel general subterráneo del premier británico, por el que la cámara se desplaza con total facilidad sin dejar, en ningún momento, de transmitirnos lo atestado que estaba el espacio. Dos cosas llaman, curiosamente, la atención: el minúsculo y descarnado cubículo que corresponde a la secretaria; y el hecho de que en aquel atestado búnker se fume de forma constante. Hemos perdido, sin duda, la costumbre de ver el tabaco en lugares cerrados, y se nos hace extraño lo que no hace mucho era totalmente normal.

Personalmente, y como buen conocedor del momento, la historia que nos narra la película tiene un gran atractivo. Empieza con un tormentoso debate parlamentario, Neville Chamberlain, el premier británico, tiene que dimitir, y el mismo 10 de mayo en que los alemanes desencadenan la invasión de Francia, un contrito Winston Churchill ha de personarse ante el rey para aceptar el cargo de Primer Ministro. Al monarca no le gusta el elegido y hubiera preferido a Lord Halifax, quien acababa de rechazar el puesto, y se lo hace saber perfectamente al recién nombrado, un hombre cuanto menos polémico a lo largo de su dilatada carrera. A partir de aquí, vamos a vivir en primera persona churchiliana la compleja retirada de la BEF hasta el canal de la mancha y la pugna del Primer Ministro para evitar un acercamiento por la paz con Alemania a través de Italia.

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Churchill hablando ante el parlamento

Es, precisamente, Halifax, quien propone dicho acercamiento, quien quiere explorar a toda costa la posibilidad de una paz con Hitler, irguiéndose como opositor del primer ministro y también como supervillano de la cinta, sombras y posturas nos lo recuerdan constantemente. Tal vez sea injusto. Es bien cierto que aquel político, a la sazón miembro del Gabinete de Guerra, propuso y quiso impulsar dicha opción, pero es poco probable que quisiera o maniobrara para que Churchill fracasara, como trasluce la cinta, es más, tras estos acontecimientos iba a ser destinado a la embajada en Washington, donde apoyaría con ahínco y eficacia el esfuerzo de guerra.

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Churchill y Lord Halifax (como dos conocidos actores cómicos norteamericanos)

Otro elemento que sorprende, y aquí entro directamente en el campo de “vamos a adelantar acontecimientos” es el viaje de Churchill en metro. No puedo garantizar que no se bajara nunca de su coche oficial para hacer tal cosa, pero sí parece improbable que fuera el hombre de a pie, en el transporte público, quien inspirara sus motivos para oponerse a Halifax y dirigir al Reino Unido de forma decidida hacia la guerra y los argumentos que utilizó para convencer a su gobierno. Esto nos lleva al personaje histórico. Ya se ha dicho por activa y por pasiva que la actuación de Gary Oldman es magistral, y además, en esta ocasión, no se nos muestra a un abuelete senil que repite machaconamente una idea a destiempo. Churchill, si bien no es el hombre cien por cien seguro y enérgico, casi omnisciente, que nos han legado sus memorias, si tiene la dosis suficiente de decisión y dudas que lo convierten en un ser humano y en un gran gobernante enfrentado a uno de los momentos más difíciles de su carrera, y de la de su país.

La película termina con el magistral discurso del 4 de junio de 1940: “lucharemos en los campos y en las playas”, un tanto adelantado, pues el histórico tuvo lugar después de la vuelta a casa de la BEF, cuando la operación Dynamo ya había triunfado, y en la película se queda en un durante trucado para añadir tensión al instante, pero al menos logra transmitir toda la emoción de aquellas durísimas horas más oscuras.

 

 

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