En el año 88 a. C., un nuevo gobernante había conseguido asentarse en el trono del Ponto y aprovechando que en ese momento se enfrentaba a numerosos enemigos tanto externos como internos, en la propia península itálica, y además se debatía en medio de una cruenta serie de luchas civiles por el poder en la propia Urbe, había decidido entrar en guerra con la  República Romana, que podríamos considerar como la superpotencia de la época.

Conocido como “el rey veneno”, Mitrídates dedicó toda su vida a inmunizarse contra ellos, y se dice que desarrolló un antídoto universal, conocido como mitridato.

Este era el contexto cuando tuvo lugar uno de los acontecimientos más extraordinarios de la historia de occidente, que sin embargo ha sido curiosamente olvidado a favor de otros similares, más tardíos y de menos entidad, pero que han calado mucho mejor en la imaginación popular. ¿Quién no recuerda el repentino descabezamiento de la Orden Templaria por el rey Felipe el Hermoso y el papa Clemente V? Múltiples leyendas de supervivencia, transformación y ocultismo nacieron de este hecho; pero la masacre de 80 000 ciudadanos romanos e itálicos (150 000 según algunas versiones) en la primavera del año antes indicado ha dado lugar a muy poca literatura, a pesar de la enigmática personalidad del hombre que la organizó: Mitrídates, el rey Ponto.

Uno de los misterios sin resolver de este acontecimiento fue el modo en que se coordinó la acción. Ciertamente, los medios de comunicación de la época no eran los de hoy, pero probablemente fueran mejores que los de la Edad Media, sobre todo en una zona tan rica y activa comercialmente como Anatolia occidental. Aun así, parece que nadie se esperó lo que iba a suceder.

En Pérgamo, miles de familias corrieron a refugiarse en el templo de Asclepio –en teoría un lugar inviolable, como todos los demás templos–, pero de nada les sirvió. En Adramitio, una ciudad portuaria, los itálicos fueron empujados hacia la costa hasta que se vieron obligados a saltar al mar, pero no contentos con eso, sus verdugos saltaron al agua tras ellos para seguir adelante con la masacre. También en Éfeso decidieron las víctimas acogerse a sagrado, en el templo de Ártemis, al parecer el primero que había inaugurado la tradición del asilo, pero tampoco les sirvió de nada.

El imperio de Mitrídates llegó a extenderse desde el Ponto a Grecia, y el de su yerno y aliado Tigranes de Armenia acabaría incluyendo Siria, Capadocia y parte de Partia. Ambos fueron finalmente derrotados por los romanos.

Más al sur, en Cauno, que parece que había sido liberada el dominio de Rodas por los propios romanos, se repitieron hechos similares, aunque aún más crueles. Las víctimas se congregaron en torno a una estatua de Vesta, diosa protectora de la familia, para ver como los caunios les arrebataban primero a sus hijos, para matarlos antes sus ojos, y luego a las mujeres, para hacer otro tanto, dejando a los hombres para el final.

Caso singular fue el de Trales, que dudando sobre cómo actuar, decidió contratar a un tal Teófilo de Paflagonia para que se hiciera cargo de la masacre. El día señalado, parece que el asesino entró en la ciudad con sus hombres, equipados con cascos de mimbre y altas botas de piel, hostigo a lo itálicos hasta el interior del templo de la Concordia, y les seccionaron las manos con sus cimitarras.

Mitrídates quería entroncar tanto con Hércules como con Alejandro Magno, de ahí que a menudo se hiciera representar con la piel de león o con la melena del macedonio.

Conocemos esta historia gracias a los propios cronistas de la época, fundamentalmente romanos, hay que decirlo, como Apiano, que probablemente tuvo acceso a las memorias de Sila, enviado posteriormente para combatir contra Mitrídates; o por los escritos de Atilio Rufo, que consiguió escapar de la masacre. “Tal fue el horrible destino que sufrieron los romanos e itálicos de Asia”, escribió el primero, “hombres, mujeres y niños, sus libertos y esclavos de origen itálico.” Estos hechos hoy apenas rememorados causaron tal sensación que medio milenio más tarde Agustín de Hipona, San Agustín, escribió: “Imaginad el miserable espectáculo, pues cada persona fue súbitamente asesinada, a traición, allá donde se encontrara, en la cama o en la mesa, en los campos o en las calles, en los mercados o en los templos. Pensad en las lágrimas y en los gemidos de los moribundos.”.

¿Quiénes fueron los asesinos? Quitando casos específicos como el de Teófilo de Paflagonia y sus secuaces, se ha querido pensar que fueron las clases más bajas de las ciudades los que perpetraron la matanza, sin embargo autores más recientes indican que en los asesinatos participaron hombres pertenecientes a todas las clases sociales y a todos los grupos étnicos de cada una de ellas, exceptuando por supuesto los romanos y los itálicos, lo que tal vez sirva para darnos una pista sobre el odio que se habían ganado las víctimas desde la llegada del Imperio romano a su provincia de Asia.

  1. Dani says:

    Si, allí por donde iban los romanos hacían amigos y enemigos. Hay que tener en cuenta que para esa época lo reinos helenísticos compraban su libertad como lo reinos de taifas, a base de grandes remesas de oro contante y sonante. Eso suponía una gran carga impositiva y a nadie le gusta pagar impuestos y menos en una época en la que la mayoría de la población vivía a un paso del hambre.

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