Tras la muerte de Mahoma los árabes dieron principio a la guerra santa. Incluso tomaron de los conquistados sus instituciones en la medida en que pudiesen serles útiles, puesto que para gobernar el imperio que estaban formado ya no les servían sus instituciones tribales (Pirenne, 1997, pág. 124).

La expansión del Islam fue imparable y en cuestión de pocos años los árabes obtuvieron espectaculares éxitos militares, que les permitieron arrebatar al Imperio Bizantino las provincias de Palestina, Siria,  Egipto, y conquistar el imperio persa. Aunque muy variados podríamos sostener que los principales motivos de esta gran expansión fueron: la difusión del Islam a punta de espada, la conquista como resultado de un movimiento migratorio debido a la desertización de Arabia, el uso de la guerra como medio de evitar la desintegración de la unidad creada por Mahoma y la situación de crisis en que se encontraban tanto bizantinos como persas. Sin embargo, esta expansión continuó imparable y durante la época omeya continuó tanto por Oriente (ocupación de la Transoxiana y la cuenca del Indo) como por Occidente (norte de África y España) (Portela et.al., 1992, pp. 53-56). Esta constante expansión del Islam tendría como resultado el progresivo corte de las vías de peregrinación de los cristianos hacia Tierra Santa.

Las peregrinaciones son un fenómeno que se encuentra presente en todas las culturas y religiones, en el caso cristiano este fenómeno se remonta hasta el Antiguo Testamento, donde ya se describe la peregrinación de Abrahán y la del pueblo de Israel a través del desierto para regresar a su tierra. En la evolución del peregrinaje en el cristianismo encontramos que entre los siglos III y V se dio un importante movimiento eremítico hacia los desiertos, los de Oriente Medio en especial. A partir del siglo VI en Occidente se añadió a dicho movimiento un espíritu misionero: el cristiano abandonaba su anterior vida, ya no solo para meditar, sino para convertir a los no cristianos y ganar el cielo, tanto para sí mismo como para los paganos. Sin embargo, si el ideal eremítico fue siempre un ideal individualista, las misiones se convirtieron en empresas colectivas (Rucquoi, 1981, pp.82-84).

A pesar de todo, pervivió el ideal del peregrino que movido por su fe y deseando adquirir méritos para la salvación de su alma se lanzaba a los caminos hacia un santuario. A partir de los siglos XII-XIII se difundió en la mentalidad cristiana el ideal de pobreza. En este caso lo mejor era dejarlo todo para ir a Tierra Santa y seguir las huellas de Cristo, pisando la misma tierra que él había pisado. Ir a Roma también podía ser un valioso sustitutivo, ya que en esta se encontraban las tumbas de los apóstoles San Pedro y San Pablo y era además donde se encontraba el Papa.

Durante la Edad Media, a pesar de las duras condiciones de viaje, una parte significativa de la población europea viajó en algún momento de su vida a alguna de las tres ciudades santas de la cristiandad para rendir culto a Cristo en Jerusalén, a San Pedro y San Pablo en Roma o a Santiago el Mayor en Compostela. Tres centros de peregrinación que encuadraban el Occidente medieval como un espacio sagrado: Jerusalén en Oriente, Roma en el centro y Santiago de Compostela en Occidente.

Fue tal la importancia de este fenómeno que todos los reinos europeos fomentaron la construcción (aprovechando la red viaria romana) de una red de caminos y rutas que puso fin al aislamiento de la Europa de la Alta Edad Media, conduciendo a estos centros (con especial relevancia de Compostela) desde cada lugar y país. Además, se construyeron gran número de hospitales, puentes y calzadas, ciudades, iglesias y catedrales que reanimaron la religiosidad y la economía europeas, y se tomaron medidas para garantizar la seguridad de los grupos de peregrinos y de las comitivas eclesiásticas y nobiliarias.

Además del enriquecimiento cultural, las peregrinaciones sirvieron para asentar las bases del futuro derecho internacional, ya que durante su viaje los peregrinos se encontraban bajo la protección de una serie de leyes específicas que se fueron elaborando principalmente entre los siglos VII y XII.   Como podemos ver, el hecho  de que los peregrinos cristianos no pudiesen viajar libremente hasta Tierra Santa era un asunto de gran trascendencia para la Cristiandad, que acabaría haciendo uso de la guerra santa para recuperar de las manos de los infieles sus más santos lugares.

Si en el Islam el concepto de la guerra santa estuvo presente desde sus inicios, en el mundo cristiano su evolución fue mucho más compleja. De hecho la iglesia ortodoxa no reconoce este tipo de guerra, y no existe un corpus canónico específico de la cruzada para el mundo cristiano occidental durante gran parte de la Edad Media.

Uno de los mayores pensadores del cristianismo, San Agustín de Hipona (354-430 d.C.), introdujo ya en el siglo V el concepto del empleo justificado de la violencia en el marco de una guerra justa. Sin embargo, fuese la guerra justa o no, matar se seguía considerando pecado. Para San Agustín la guerra resulta del todo inevitable en las sociedades debido a la inherente ambición de poder  del hombre. Ahora bien, San Agustín pone el énfasis en la intención del combatiente, esto es, en la pureza de sus motivaciones. De aquí se deriva una consecuencia fundamental para la teoría agustiniana: la guerra y el Evangelio serían compatibles siempre que sea el amor y no el odio o la ambición de poder el verdadero móvil del guerrero.

Esta visión de su pensamiento se recoge perfectamente en este fragmento:

Pero el hombre instruido en la sabiduría -nos replicarán ellos- sólo declarará guerras justas. ¡Como si no debiera deplorar -si recuerda que es hombre- mucho más el hecho de tener que reconocer la existencia misma de guerras justas! Porque de no ser justas, nunca debería emprenderlas y, por tanto, para el hombre sabio no existiría guerra alguna. Es la injusticia del enemigo la que obliga al hombre formado en la sabiduría a declarar las guerras justas. Esta injusticia es la que el hombre debe deplorar por ser injusticia del hombre, aunque no diera origen necesariamente a una guerra. Males como éstos, tan enormes, tan horrendos, tan salvajes, cualquiera que los considere con dolor debe reconocer que son una desgracia. Pero el que llegue a sufrirlos o pensarlos sin sentir dolor en su alma, y siga creyéndose feliz, está en una desgracia mucho mayor: ha perdido hasta el sentimiento humano (Agustín de Hipona, 2006, pág. 832).

La idea original de los evangelios de la respuesta no violenta del cristiano a la violencia de otros era así reinterpretada por San Agustín, quien llega a sostener que, precisamente por amor, el cristiano debe corregir el pecado incluso con las armas. Tan solo los actos violentos sancionados por las autoridades del Estado cristiano eran legítimos a los ojos de Agustín de Hipona.  De esta forma San Agustín preparó el camino para la posterior sacralización de la guerra justa por parte de la Iglesia, siendo su pensamiento clave para comprender cómo fueron posibles las Cruzadas (Rodríguez De La Peña, 2011, pp.184-188).

Podemos comprobar su postura en el siguiente fragmento:

Hay algunas excepciones, sin embargo, a la prohibición de no matar, señaladas por la misma autoridad divina. En estas excepciones quedan comprendidas tanto una ley promulgada por Dios de dar muerte como la orden expresa dada temporalmente a una persona. Pero, en este caso, quien mata no es la persona que presta sus servicios a la autoridad; es como la espada, instrumento en manos de quien la maneja. De ahí que no quebrantaron, ni mucho menos, el precepto de no matarás los hombres que, movidos por Dios, han llevado a cabo guerras, o los que, investidos de pública autoridad, y ateniéndose a su ley, es decir, según el dominio de la razón más justa, han dado muerte a reos de crímenes (Agustín de Hipona, 2006, pág. 31).

Continuará…

Viene de Guerra Santa en el Cristianismo: el surgimiento de la Primera Cruzada (I)

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