Finalmente, el día 7 de Julio del 2012 se produjeron las primeras elecciones democráticas libias, en las que los libios debían elegir a los doscientos miembros que habrían de ocupar los escaños del nuevo Congreso General Nacional (parlamento que habría de sustituir al hasta entonces provisional Consejo Nacional de Transición).

Se decidió que la misión de este nuevo organismo sería la elaboración de una constitución democrática para el país. Posteriormente, el 14 de Octubre del 2012 se elegiría además como primer ministro a Ali Zidan.

Todos estos hechos parecían indicar que Libia estaba evolucionando favorablemente, sin embargo era esta una percepción alejada de la realidad. El optimismo de alcanzar la democracia escondía el hecho de que el Congreso General Nacional en realidad era un elemento disfuncional, con escaso poder y autoridad (Fuente Cobo, 2014, pág. 3). Esto se debía al hecho de que aunque la guerra hubiera finalizado el gobierno se veía incapaz de hacer frente y controlar a las diversas milicias que habían surgido durante la guerra. El estado libio se vio incapaz de hacerse con el monopolio de la violencia y desarmar a todos los grupos que habían combatido durante el conflicto o al menos tratar de incorporarlos a la policía o al ejército.

Sin embargo era escaso el atractivo por parte de estas milicias de pasar a formar parte de unos organismos que tenían muy asociados con el régimen derrocado. A esto también se unía la pérdida del poder obtenido a través de las armas, ya que ciertas brigadas o milicias habían conseguido hacerse con el control de algunas ciudades, de la seguridad, de las fronteras, los recursos energéticos… A menudo muchas de estas milicias respondían únicamente a intereses de nivel tribal o de líderes locales, imponiendo frecuentemente su propia ley y llevando a cabo acciones de represión, habiéndose recogido numerosos testimonios de los asesinatos, torturas y secuestros que han llevado a cabo numerosas de estas bandas de milicianos (Amnesty International, 2012).

Como resultado de estas circunstancias era evidente que Libia iba ser un país cada vez más complicado de gobernar al encontrarse el poder tan fraccionado, viéndose el gobierno obligado a apoyarse en diversas milicias para poder ejercer su autoridad. La incapacidad del gobierno libio de crear unas fuerzas armadas y de seguridad estables y de desmovilizar a los milicianos sería el principal causante de la situación actual libia.

El gobierno libio tuvo que recurrir a aquellas milicias más propensas a obedecer para tratar de reinstaurar el orden en un país en el que cada vez se incrementaban más las tensiones territoriales. La carencia de una estructura firme de seguridad y la abundancia de milicias incontrolables llevarían a un grave deterioro de la situación, siendo un claro ejemplo de esto el hecho de que el 11 de Septiembre del 2012 se llegase a producir un asalto al consulado estadounidense en Bengasi, donde llegó a ser asesinado el embajador  Christopher Stevens.

Como consecuencia de la inestabilidad de la situación el Congreso General Nacional fue progresivamente radicalizándose hacia posturas islamistas y apoyándose cada vez más en milicias islamistas. La tendencia cada vez más radical del gobierno llevó a que en Diciembre del 2013 se aprobase la imposición de la sharia y a tratar de alargar su gobierno más de lo que le correspondía, a lo que habría también de unirse el hecho de que en el este del país los Hermanos Musulmanes estuviesen ganado progresiva influencia tras su expulsión de Egipto por el gobierno de Al Sissi.

La deriva islamista del país comenzó a ganarse la oposición de aquellos sectores laicos que no compartían las posturas islamistas, de este modo, el día 14 de Febrero del 2014 el general Jalifa Haftar se levantó con sus hombres y ordenó la disolución del Congreso General Nacional. Tras hacerse con el apoyo de las principales unidades militares del este del país llevó a cabo su ultimátum y lanzó la denominada “Operación Dignidad” con el objetivo de acabar con el gran número de radicales islamistas en el país. Este cambio de la situación llevaría además a que el 4 de Agosto del 2014 se estableciera en Tobruk como sustituto del Congreso General Nacional, la Cámara de los Representantes (a quien acabaría apoyando el general Haftar) (Rodríguez, 2016).

Como podemos comprobar se creó una situación con dos gobiernos distintos que sostenían diferentes posturas: para el gobierno establecido en Tobruk el enfrentamiento se libraba entre elementos democráticos, laicos y nacionalistas frente a los radicales islamistas; por su parte desde el gobierno del Congreso General Nacional (trasladado a Trípoli y amparado por milicias islamistas) sostiene su lucha como la de los revolucionarios que acabaron con Gadafi contra elementos contrarrevolucionarios liderados por antiguos dirigentes del régimen.

A esta situación ya de por sí confusa se habría de sumar posteriormente en el año 2015 la creación del Gobierno de Acuerdo Nacional, un nuevo organismo impulsado por las Naciones Unidas (surgido a raíz de las negociaciones del español Bernardino León y su sucesor Martin Kobler) que buscaba crear un gobierno único que mediase entre las facciones enfrentadas. Sin embargo, este organismo carecería de cualquier reconocimiento por parte de los otros dos gobiernos libios enfrentados, así mismo su carencia de poder le iría restando progresivamente apoyos a nivel internacional.

Encontramos en Libia un conflicto entre dos partes principales basado en principios ideológicos y religiosos, sin embargo estos enfrentamientos entre gobiernos, tribus y milicias también tienen una importante motivación económica. Hemos de tener en cuenta que Libia es el país con mayor producción de petróleo de toda África, producción que antes de la caída de Gadafi era controlada por el gobierno, pero que actualmente se encuentra en diversas manos.

Es evidente que el control de los pozos petrolíferos es un elemento de gran importancia para el enriquecimiento de las diversas facciones, además de ser una fuente de ingresos esencial para poder sostener las milicias y continuar la lucha. Esta importancia del control de los recursos podría llevar a plantearnos si las luchas internas en Libia son fruto de la rivalidad entre distintas formaciones o del interés por hacerse con el poder económico (García Guindo y Mesa García, 2015, pág. 93).

Viene de La crisis de Libia (I)

  1. Dani says:

    Pero habrán quien diga que la culpa es de Occidente por hacer o por no hacer. Ellos se pelean por sus motivos pero la culpa no es suya.

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